Hace años, el 22 mayo de 2012 publiqué un breve texto en el blog que, por aquel entonces, muy amablemente, la dirección de Plusesmas había puesto a mi disposición para difundir escritos breves sobre asuntos varios, con predominancia de los relacionados con el envejecimiento, el enfermar, la formación. A veces me descarriaba. ¿A qué escritor no le ha ocurrido que el texto se le ha perdido por las ramas? Entonces, cuando lo enviaba, pensaba -me lo devolverán. Nunca ocurrió.
El boom de los blogs todavía estaba por venir. Era un estilo nuevo, al menos para mi, más desenfadado, menos sesudo, pero nunca he sabido pasar de puntillas sobre los escritos. No soy capaz de escribir por escribir, para rellenar, tengo que descender a los infiernos de lo que sea que escribo. Me sé toda la retorica sobre la entrega de textos en todos los formatos, articulo, libro, capitulo de libro… El hecho en mi, es que corrijo y corrijo hasta que el texto dice basta. Sí, l texto. Cuando soy yo la que dice basta, suelo equivocarme.
¿Casualidades? Trece años después, en mayo de este año, lo envié a un vecino con el que había mantenido una agradable conversación callejera de cómo uno recuerda. Las variaciones que sobre el mismo recuerdo tienen dos personas. Su comentario fue algo así como «Vaya titulo deprimente». No suelo releer lo que escribo, pero lo hice porque recordaba este texto especialmente.
Regresé a cuando lo estaba escribiendo. Parecía era ayer. No daba con el detonador que lo motivó. Pensé que era la amistad y las epístolas entre Hannah Arendt y Mary McCarthy. A medida que avanzaba veía que no. Los textos engañan, quien lee puede hacer deducciones que contrastadas con el autor son erróneas, pero esto casi nunca se sabe.
El texto titulado «No soy yo quien se retira, si no el mundo el que se disuelve» empezaba como sigue:
Así se expresaba Hannah Arendt el 23 de diciembre de 1973 en una carta enviada a su gran amiga Mary McCarthy para comunicarle la muerte de su amigo, crítico literario y ensayista, Rahv Phillip. Textualmente Arendt escribía: «Como si envejecer no fuera, como decía Goethe «abandonar poco a poco su apariencia» -me da lo mismo-, sino la transformación paulatina, (más bien repentina) de un mundo lleno de caras familiares (de amigos o enemigos, no importa) en un desierto poblado de caras extrañas. En otras palabras, no soy yo el que se retira, si no el mundo el que se disuelve: una tesis completamente distinta». [Entre amigas. Correspondencia entre Hannah Arendt y Mary McCarthy, 1949-1975. Editorial Lumen. 2006: 524]
Recordé que había reseñado el libro para la Revista Agathos en 2006. Enseguida vino a mi la consternación por los detalles de lo que vivieron reflejados en la correspondencia. Me impresionó que Mary McCarthy revisara completamente las cartas para su posterior publicación. Imaginé lo doloroso de volver a un texto que rescata un tiempo vivido intensamente, dolor que aumenta cuando la otra parte no está y no estará. Cuando la ausencia es eterna.
Aquella sensación fue una pequeña premonición porque años más tarde asumí este papel con los textos de Julio Villalobos Hidalgo (1943-2022) y Neri Iglesias Fernández (1957-2022). Aún hoy sigo sin digerir la sangrante emoción.
De todas formas, un hecho es que sea la muerte la que cambia todo y otro bien distinto es que sea la desmemoria. Cuando las partes siguen en el mundo de los vivos, pero el tiempo ha derramado sobre una de ellas los polvos del olvido y lo que les aconteció se le ha esfumado. Uno fabula en el vacío y el otro… ¿Qué ocurrió? Mientras uno reproduce el mínimo detalle, el otro no tiene idea de lo que le hablan. La vivencia es demoledora para quien recuerda. También he pasado por ahí. A colación, porque va de eso, en el texto de Plusesmas me enredé con la película «Entre vivir y soñar» del 2004. Seguía el escrito:
El paso de los años cosecha en muchas personas, me incluyo, sensaciones similares. Las amistades, los amores, van muriendo. Algunas, por suerte para ellas, para ellos, mueren metafóricamente, cuando el tiempo, combinado con las circunstancias particulares, pone de manifiesto el deterioro de los hilos que se pretendían eternos. O, da relieves diferentes entre los grandes afectos floridos antaño. En el film «Entre vivir y soñar» el personaje de Ana, interpretado con maestría por Carmen Maura, da vida a esta sensación de desconcierto de una de las partes, la que recuerda, la que sigue amando, la que no puede olvidar y anhela el reencuentro. La escena ocurre cuando Ana viaja a París y se encuentra con Pierre, interpretado por Thierry Lhermitte, el joven que la enamoró treinta años antes. Ana descubre que él no recuerda. Se da cuenta de que ese vapor de amor que la movía por dentro de su cotidianeidad, que nutría la ilusión de que con Pierre todo habría sido diferente, era un mal invento suyo. Treinta años de un pensamiento que desaparece cuando por fin lo encuentra, treinta años hundidos bajo sus pies cuando él, detrás de su delantal de chef, no sabe de qué le habla Ana. Los esfuerzos de Ana para brindarle los más precisos detalles, para ella incombustibles, para él ni siquiera cenizas, consiguen, al cabo de un buen rato, que atine con aquel verano que pasó en España.
Los recuerdos de uno suelen estar muy desajustados a los recuerdos del otro. Lo ocurrido en el mismo momento transcurre de diferente forma por las venas. La diferencia es que mientras uno recuerda y no puede olvidar el otro olvida y no puede recordar. Y si le rememoramos aquello que nos unió, como le ocurre al personaje de Pierre, no sabrá de qué le estamos hablando y quizás, compasivo, nos invite a una vichyssoise para compensarnos de su olvido. Treinta años de desmemoria, compensados con una sopa.
Escribo estas líneas empapada de la sensación de Hannah Arendt y del estupor que aparece en la cara de Ana, la soñadora, sentada en el restaurante de Pierre, el olvidadizo.
En la relectura me seguía preguntando qué había motivado esa mezcolanza melancólica de idas y venidas por los eslabones de la vida, de la muerte y el olvido. Por fin lo descubrí. El texto lo había desatado la muerte de Robin Gibb (1949-2012), fallecido el 20 de mayo de 2012. Otra ausencia para la eternidad.
La contundencia de la muerte no deja espacios, permite, sin embargo, el rescate de todos los matices posibles que si uno se empeña no encuentran el fin. Quizás este es el secreto de la escritura, en algún lugar del alma brota un texto que te araña por dentro, tiene que ver la luz. Continuaba el texto señalado:
La muerte de Robin Gibb, de los Bee Gees, ha cristalizado los más remotos recuerdos de aquellos años setenta. Cuando en el 2003 murió su hermano gemelo Maurice me ocurrió algo parecido pero con Robin la pena se ha agrandado. Estoy mezclando el mundo de la filosofía con el mundo del rock pero el pensamiento soltado por dentro es impredecible. Alrededor de la música de los Bee Gees edifiqué utopías que los años no logran empañar. Viví grandes momentos grabados con fuego en el recuerdo. Pasé tardes encerrada en el cuarto simulando estudiar cuando en realidad revivía lo acabado de vivir.
La adolescencia tiene ese misterio, un minuto parece un lustro mientras que el misterio de la vejez es como convierte un lustro en un minuto. En la juventud todo tarda en llegar y en la vejez todo llega al momento. Y mientras, la música que nos acompañó de jóvenes, al volver a escucharla en la madurez, en la vejez, parece jugar a detener nuestro tiempo. Entonces, si cerramos los ojos, como me sugirió hace poco mi querido amigo Fernando, nos daremos cuenta de que, de nuevo, somos aquellos que fuimos, de que todo lo vivido sigue latiendo en nuestro interior. ¡Hasta siempre Robin Gibb!
De esto han pasado trece años… y a pesar del tiempo el texto sigue removiendo mi interior.
Dolors Colom Masfret. Barcelona, 18 de agosto de 2025