La representación del veraneo rezuma encuentros, celebraciones, recogimiento, separaciones y, también, reencuentros, pero cada vez menos. El veraneo ha dado paso a la vacación, unos días para escapar de lo que sea que atrapa el resto del tiempo pero para seguir sin respiro entre colas, cancelaciones, tráfico, transportes fallidos… La vacación hoy obliga a equiparse con paciencia.
Qué días aquellos, cuando la palabra veraneo evocaba el disfrute de la pereza, culminaba el deseo de no hacer casi nada, el casi va por la lectura, porque ésta era parte indiscutible de ese tiempo tocado por la gracia de los elementos. Las lecturas postergadas para el veraneo, era casi una tradición que se celebraba en los días de otoño, de invierno, de primavera, días llenos, casi siempre, de lecturas obligadas ya fuera para el estudio o para el laboreo. Lecturas que, salvo excepciones y aunque resultaran interesantes, lo escogían a uno más que uno las escogía a ellas.
Durante el año se acumulaban los libros que la falta de tiempo en el presente impedía leer. Todo se fiaba al futuro, al veraneo que estaba por venir.
Llegaba el veraneo con sus noches iluminadas por las guirnaldas de los cafés al aire libre, a la par los restaurantes se engalanaban con farolillos para crear ambiente, a veces cálido, a veces romántico, a veces simplemente acogedor y relajante. Eran épocas en donde la nada tomaba la palabra y permitía imaginar los más maravillosos escenarios brotados de los relatos leídos. Las conversaciones desordenadas se repartían por las mesas rebosantes de platos, copas, vasos, cubiertos que los comensales, siempre de celebración, acumulaban sin que los camareros tuvieran tiempo de retirar. De fondo siempre se escuchaban los rumores del lugar, rumores de mar, de montaña, de llanura, del bosque mágico.
La lectura era parte del nutrimiento intelectual y emocional cuando se ganaban las horas. Los encuentros vespertinos para compartir picoteos y bebidas mientras se comentaban las lecturas en curso, y las todavía pendientes, eran una amalgama de interioridades en las que la vida transcurría plenamente, incluso parecía que sin problemas. El comentario de los libros leídos con las amistades era parte del ritual veraniego.
Entre calores, colores, olores, brisas, el tiempo de veraneo transcurría inopinadamente por los vivires de las gentes que ansiaban «dejar atrás» las rutinas de los días y sus bandazos.
Hoy el veraneo casi no existe. Solo queda el verano con su agite y también falta de tiempo.
Este verano de 2025 crece por doquier la sensación de vivir en una trapatiesta permanente, cronificada en el quehacer de algunos, frente al sentir y el vivir de otros, de quienes asisten con el interés menguante al devenir del mundo. Pero si bien la sensación de crisis y desbarajuste, de ver lo inimaginable en los comportamientos, las actitudes, el vocabulario… en las redes sociales claro, y todo aquello que acerca o separa a los seres humanos está in crescendo, la literatura cuenta historias que muestran cómo todas las épocas han tenido sus grietas.
La literatura es un tejido de historias casi siempre terapéuticas.
En el veraneo o en el verano la lectura recrea formas de sentir, de vivir, y permite desatar la imaginación sin prisas.
Dolors Colom Masfret. Barcelona, 15 de julio de 2025